Rubén Darío: el gran maestro modernista


Rubén Darío fue el pseudónimo utilizado por el nicaragüense Félix Rubén García-Sarmiento, un verdadero mago de las palabras, a las que supo exprimir una belleza y una magia sin parangón en toda la historia de nuestras letras (de ahí que haya quien lo apode "príncipe de las letras castellanas")


Nació en 1867 en Metapa,  hoy Ciudad Darío (Nicaragua) en el seno de un matrimonio mal avenido, y tras la temprana separación de sus padres se fue a vivir con unos parientes que lo acogieron y criaron en un ambiente culto y literario, en el que muy pronto empezó a destacar (él mismo declaraba que, de tan temprana, ni recordaba la edad exacta a la que había comenzado a escribir versos). Nos sobran testimonios de su pasmosa facilidad para la métrica, las rimas y el arte de colocar palabras en el poema, así como de su precocidad para otra de las constantes de su vida, los devaneos amorosos que le trajeron más de un percance y algún disgusto (se casó varias veces, pero ninguna plenamente feliz). Vino a Europa en la década de los 90, residió en España como embajador y viajó por todo el viejo continente (incluída, por supuesto, la Meca del arte, la cultura y literatura: París, donde entró en contacto con grandes figuras literarias como el poeta simbolista Verlaine) así por muchas zonas de América. Su tendencia a los excesos, sobre todo el alcohol, le trajeron problemas económicos y de salud, y murió al poco tiempo de regresar a su Nicaragua natal, y tras algún intento de suicidio, en 1916. El impacto de su figura y su obra en la literatura española de su época fue enorme, y su influencia se prolongó durante décadas, y puede considerarse que dura hasta la actualidad.

Es el creador y principal representante del Modernismo en lengua castellana, y en su obra podemos percibir, en todo su esplendor, todas las características que vimos para este movimiento, y perfectamente representadas las dos grandes tendencias, esteticista e intimista, que se acentúan según las dos grandes etapas que se perciben claramente en su obra.

La primera etapa está conformada por sus dos primeras obras Azul (1888) y Prosas Profanas (1896): es la época del esplendor esteticista, de poemas largos, sonoros y escapistas que recrean un mundo bello, exquisto, elegante, refinado y maravilloso poblado por princesas, hadas, estrellas, mujeres aristócratas bellas y malignas, poetas, adjetivos, cultismos, referencias mitológicas y artísticas; todo un lujo de sensaciones, ensueños, parques, glorietas, flores, fuentes, estanques, cisnes... Poemas que son verdaderas joyas de belleza, sugerencia y musicalidad, y de los que pueden servir como ejemplo los siguientes: 


Sonatina: nunca la tristeza imaginaria de una princesa de cuento dio lugar a tan larga evocación de belleza, sonoridad, ritmo y fantasía. Algunas expresiones de este poema son verdaderos hallazgos verbales que resuenan para siempre en la imaginación del que los lee alguna vez. "La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa....". "La princesa no ríe, la princesa no siente, la princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión...." Es un poema precioso,  de los más bonitos -en el sentido estético-  escritos jamás en nuestra lengua.  Puede que no sea más que eso, pero es que sólo eso es bastante.


Era un aire suave, de pausados giros.- otro poema largo y sonoro que recrea un ambiente refinado y exquisito, el de una lujosa fiesta aristocrática, en el que una bella marquesa de nombre sonoro, prototipo de la femme fatale, coquetea  con dos pretendientes rodeada de suaves tactos, armoniosos sonidos y dulces aromas... Todo un alarde de perfección métrica, recursos sugerentes y embellecedores, sonoridad y elegancia logrados únicamente por el poder de la palabra.





A Margarita Debayle.Otro poema con aire de cuento, que escribió el poeta para la hija de unos amigos, y aunque estrictamente es posterior a esta etapa, sí presenta sus rasgos característicos: el escapismo hacia un mundo de belleza, exotismo y fantasía en que las princesas traviesas roban estrellas para estar más guapas y el mismo Dios las perdona. Una pequeña joyita deliciosa.






En su segunda etapa nos encontramos los poemarios Cantos de vida y esperanza (1905) y El canto errante (1907): su crisis personal se refleja en una poesía que, sin descuidar la musicalidad y la belleza formal, se vuelve más intimista, introspectiva, honda y humana, recogiendo sus sentimientos más personales ante su propia vida, los grandes enigmas del ser humano: el sentido de la vida, el paso del tiempo y la necesidad de afrontar la muerte) e incluso cuestiones políticas, Dentro de esta línea se incluyen poemas famosísimos como:
    Lo fatal: poema representativo de la misma angustia existencial que había expresado dos siglos antes Quevedo: el dolor de "ser vivo", la "pesadumbre de la vida consciente"; el hombre como ser que sufre porque vive y sabe que va a morir. Adopta la forma de un soneto inconcluso, quebrado, como si fuera la propia angustia la que le impidiera finalizarlo, y donde todos los recursos (metáforas, metonimias, paralelismos, polísíndeton, enumeraciones...) aparecen magistralmente utilizados, como es habitual en el autor, pero esta vez ya no con un valor ornamental, sino como expresión desgarrada de ese sentimiento que late por debajo de cada uno de estos versos. 


    Canción de otoño en primavera: ·Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver... Una larga introspección pero en versos ya más cortos que los de otros poemas, y por tanto, de tono más íntimo, en la que Rubén Darío hace una especie de autobiografía sentimental, evocando distintos momentos de su vida, y los sentimientos y actitudes que en ellos conoció, ahora, cuando se siente ya mayor, desencantado y casi sin esperanza ("En vano busqué a la princesa que estaba triste de esperar La vida es dura. Amarga y pesa.¡Ya no hay princesa que cantar!"). Pero sólo casi, porque al final, asoma un rayo de vitalismo y la esperanza, y con el "cabello gris" aún sigue acercándose a las rosas y en contacto con la Belleza que representa esa "alba de oro" final.



    Cantos de vida y esperanza: otro poema introspectivo en que Rubén Darío lanza su mirada a su pasado y a él mismo, contemplando y expresando sus propios cambios y su evolución, desde su juventud de poeta soñador, bohemio y modernista, o el vitalismo y la pasión con que se lanzó a disfrutar del amor y la vida, a su aceptación resignada de los misterios más profundos de la vida y de su final. En la  tranquilidad y fortaleza del ánimo, en la sinceridad, en la desnudez de los sentimientos, dice haber encontrado al fín todo el poder de la poesía... y del hombre.






    Letanía de nuestro señor Don Quijote: poema culturalista,  inspirado por el mito por excelencia de nuestras letras, Don Quijote, que en los versos de Rubén Darío (como en otras ocasiones), se convierte en encarnación y símbolo de todos los insatisfechos con la vida y el mundo que les ha tocado vivir, pero que no se conforman, de los  soñadores que buscan en la belleza, en la poesía o en los sueños una huida (y hasta una victoria) de la realidad, y así, Rubén Darío le reza, le ruega y a él se encomienda como si fuera su santo o su patrón.

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